Al que no le interese el fútbol le va a dar asco esta nota. El que no entienda lo emocionantemente ilógico que es este deporte casi mal hecho, con pocas reglas y algunas injustas, sin ánimo de favorecer al espectáculo (gracias a eso Italia ha sido campeón del mundo más de una vez) y con un peso enorme del ánimo por sobre todas las cosas y, como no, de la fortuna también; el que no sepa eso, ya no debería estar leyendo.
Pero ayer el fútbol, la pelotita, se volvió el centro de todo para muchos en Uruguay, más precisamente para la mitad de Montevideo. Otra vez, en este paisito que está lleno de vacas para que nos den asado para compartir los partidos con amigos y cuero para hacer pelotas (ya sé que ahora no son de cuero vacuno, pero no molesten que pierdo la mística), en este cacho verde del mundo que se parece a una cancha, durante más de una hora y media nada importó más que esos once tipos corriendo atrás de una hazaña y esos otros once contrarios que pensaban que (permítame insistir con el tema) “tenían la vaca atada”.
El nombre del cuadro de los hazañosos es Peñarol. El de los contrarios, los dueños de casa y de la copa, Inter de Porto Alegre. El resultado que nadie esperaba: 1-2 dirán las noticias, 2 a 1 decimos los Manyas. Pero lo que se vio en la cancha fue otra cosa.
Se vio el único gol de los dueños de casa al minuto y veinte segundos de comenzado el partido. Y claro que ahí no sabíamos que iba a hacer el único, es más, pensamos que el mundo se venía abajo. Todavía tenía la comida en la cocina y entre caliente y decepcionado mentí diciendo “me voy a seguir cocinando mejor…”. Un gol injusto, porque a los ochenta segundos de comenzado algo, sea lo que sea, la justicia no puede estar en juego jamás, todavía no. Un gol pavo porque la defensa se durmió y porque el pesimismo fácil que nos despertó nunca es muestra de inteligencia. Y así arrancábamos 0-1, contra un cuadro brasilero, jugando en su casa, y con un anterior empate que lo hacía pasar a la siguiente fase automáticamente. Y seguir en la copa iba ser una hazaña, y lo fue.
“Martinuccio parece Messi” dijo el relator y yo lo repetí con orgullo y gracia tonta. Sin prolijidad, sin grandes jugadas, sólo empujando Peñarol empezó a hacer su partido. También vinieron varios minutos en los que los brasileros nos hicieron bailar al son de su ritmo, su hinchada y su pelota; porque nadie me va a decir que esa pelota no era de ellos, si no podíamos ni tocarla. Así pasaron cuarenta y cinco minutos que, pese a todo, no fueron tan malos, no dieron ganas de apagar la tele y que a mi padre, mi hijo y a mí nos mantuvieron unidos, concentrados y comunicados como hacía rato no pasaba (y después algunos creen que el fútbol es sólo fútbol, háganme el favor…).
Quince minutos de entretiempo que dieron exactamente para cenar. Tan exactamente que, cuando nos levantábamos de la mesa para ir al living a “seguir sufriendo”, el grito de gol retumbó y nos hizo correr para comprobar que era cierto, para no entender pero creer, para empezar a soñar de nuevo. No sé dónde dejé la copa que tenía en la mano, pero cuando me di cuenta estaba parado frente al televisor gritando un gol como hacía muchísimo no lo sentía. Cuando me di cuenta de que iban veinte segundos y el marcador decía 1 a 1, empezaba a reivindicarme con la justicia que, al parecer, calentó y salió a la cancha más rápido en el segundo que en le primer tiempo, supongo que por alguna puteada que se comió desde la hinchada.
Lo que siguió fue eso que a todos nos gusta llamar “mística copera”, eso que ha consagrado a Peñarol como campeón en cinco oportunidades. Claro que la última vez que pasó yo estaba en tercer año de escuela y escribía menos que ahora.
Emoción, fricción y el apagón que provocó en los hinchas brasileños el cabezazo del gigante que terminó contra la red y contra todo pronóstico. Era el segundo gol de Peñarol, era la historia otra vez encaprichada con una camiseta a rayas amarillas y negras que no es que sea de las más linda que he visto, pero es la que me hizo sentir que nada importaba más, que la adrenalina me corría por las venas con cada escapada de Martinuccio, que las piernas se me movían cuando Aguiar salía con todo, que el corazón se me asustaba cuando la pelota de ellos (porque volvió a ser de ellos cuando faltaban quince minutos) nos reventaba el palo nuestro. Esa camiseta sigue en la copa y puede que no dure mucho, pero esta alegría, que a los que no les interesa el fútbol no pueden entender, a mí no se me va y por un rato estoy seguro que no la voy a olvidar.
jueves 5 de mayo de 2011
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2 comentarios:
S-P EXCELENTE!!!!
Gracias, anónimo. Te mando un T-Z.
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