Arrancaba un día tranquilo y no tenía ganas de cambiarlo. Una mañana de lunes con té y dos míseras galletitas que habían quedado mal escondidas en su paquete abandonado en la oficina. Todo hasta que, sin querer, me topé con la mirada detrás de la escafandra. Hasta que descifré el cartel de “angustia” pegado en la espalda del traje de astronauta. Hasta que entendí que esa foto con tonos de gloria no era más que el comienzo de una vida más triste, más sola, menos comprendida y muy bien ignorada por todos.
Así me llegó el mail de un amigo con el asunto “¡Esto es hacer cosas ‘jugadas’!”, que me llevó a un link de apariencia inocente, como todo link. Allí pude conocer a Bruce McCandless II, el astronauta que flotó libre en el espacio a mayor distancia de un trasbordador espacial. Sí, así como lo oyen/leen, el tipo que sin ningún tipo (valga la redundancia) de arnés, sujetador, cuerda, liana o lo que se les ocurra anduvo flotando con mayor libertad por nuestro espacio como si nada. Y ya sé que esto puede no parecer tan sorprendente. Y es ahí donde comienzo a entenderlo todo.
La foto es espectacular, y más lo es esta otra. No por mejor o peor composición, por escala cromática o encuadre, sino por ser la portadora de una fama que, seguramente, ha sido la causante de estos últimos 25 años de infelicidad del pobre Bruce McCandless II, si es que a sus 72 años está vivo; cosa que obviamente no sé yo ni sabrá usted fácilmente.
Vuelvo a mi té y la segunda galletita apenas si me pasa por la garganta. La gloria negada y burlona se me ha instalado en el cuello como Aliens en vientre ajeno. Y repito “Aliens” y digo Sigourne Weaver y seguro que usted ya está asociando la imagen de una actriz que se dejó rasurar la cabeza por unos millones de dólares. ¿Pero sabe usted acaso que Bruce McCandless II era medio pelado por ley natural? Seguro que puede usted reconocer en una foto entre gorilas a la impostara que nos hizo creer que viajó al espacio y hasta se embarazó de uno de esos bichos de mierda. Pero jamás posaría su dedo índice para mostrarnos quién es la persona, el ser humano, el hombre detrás de la escafandra que pataleo sueltito en el espacio como un héroe de la Marvel, como un ángel del ocaso, como un ganso blanco en tremenda inmensidad.
Les juro que ahora, cuando vuelvo sobre las imágenes, me estremezco.
Pienso en Bruce (permítanme sólo llamarle “Bruce”) y me imagino el sentimiento de júbilo de ese momento. Pienso en la sensación de no sólo tocar el cielo con las manos, sino de caminarlo, saltarlo y hasta poguear un tema de Aerosmith, banda de su ciudad natal, Boston, en el infinito negro azul del espacio. Y pienso mal y me quedo corto. Porque ahí nace la angustia. Porque lo que Bruce vio, lo que sintió y vivió en ese momento, es algo que ninguno de nosotros puede entender. Y no sé si me explico bien… pongámoslo así:
Una de las sensaciones únicas e incomparables es el dar a luz un hijo. El momento de la parición es, si bien distinto, igual de intransferible para la madre como para el padre; y esto lo sabe cualquiera que haya estado dentro de la sala de parto. Si usted nunca vivió esta experiencia, cambie de canal. Pero si usted la vivió puede seguirme. Y ahí está el problema. Que nadie, ninguno de nosotros o del resto de los seis mil y pico de millones de habitantes que la miramos desde abajo, podemos llegar a comprender lo que Bruce vivió. Sí podemos decir “qué bueno, qué lindo, qué magnifico”. Pero eso son patrañas. No podemos ni siquiera rozar la sensación de inmensidad que este tipo observó a través del vidrio. No hay forma de enternecernos por el brillo que La Tierra destella a lo lejos. Ese caminar sobre la nada y el todo a la vez, seguramente no se parezca a nada (insisto con las redundancias).
-Ta, pero él sí lo vivió – me dirá el más inocente e imbécil y crédulo de los humanos.
¿Pero de qué le sirve vivirlo si no puede compartirlo?
¿No se han puesto a pensar que la felicidad del ser humano pasa por el compartir, el comunicar y el ostentar sus sensaciones? ¿Que la gloria y/o el exorcismo sólo se dan cuando se hace partícipe al otro? Es como aquel viejo cuento del tipo que cae de un avión, en una isla desierta y junto a él la única sobrevive es una mujer hermosísima. Que luego de un mes y medio de convivencia y mucho sexo, muy buen sexo, él le pide que se ponga su pantalón de vestir. Ella accede divertida. Luego le pide que se ponga una de sus camisas. Lo cual ella hace sin protesta. Enseguida le da su saco y su sombrero para que ella lo luzca. A esta altura la chica no disfruta tanto del juego y empieza a pensar que el aislamiento ha perturbado a su compañero. Y ahí él le suplica que se pinte uno bigotes con un carbón sobrante de la fogata de la noche anterior. Acto inmediato, y mirándola a los ojos y pese a la mala cara que ella tiene a estas alturas, la toma de los hombros y le dice: ¡Cacho, no sabés la mina que me estoy cogiendo!
Pero el pobre Bruce no tuvo ni tiene cómo disfrazarnos. No hay maquillaje ni atuendo que nos quede a su altura para que nos diga “¡Cacho…!”. No hay.
Y, como si fuera poco, no somos capaces de reconocer en una mísera fotografía sin escafandra, al tipo que nos tuvo a sus pies y ni una meadita nos echó.
Bruce, entiendo tu tristeza, tanto es así, que ya mi día no es el mismo. Pero tampoco es tan pésimo como el resto de los que te quedan por vivir.
Salú, Bruce. Nunca te entenderemos.
miércoles 30 de septiembre de 2009
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4 comentarios:
Venía bien hasta que tuve que cambiar de canal en el 7mo párrafo, ja...
Y si... parece que no somos nada si no tenemos con quien/nes compartir nuestra felicidad!
Espero que la haya caido bien el tecito...
Le tuve que agregar azúcar, como siempre hay que hacer cuando un té se enfada.
por fin!!!!!!!!!!
yo ( tu FIEL) lectora
Paupérrimo lo mío. Gracias, Mary.
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